Europa tiene que encontrar su lugar en el mundo en un momento en el que hemos vuelto al poder duro, desnudo o, como he leído mucho últimamente, de "hombres fuertes". No tanto porque no se pueda predicar este adjetivo de mi género (aunque se optaría por esa alternativa edulcorada de "empoderada") sino porque el triunvirato Trump, Putin y Xi Jinping es un desfile de testosterona geopolítica.
En Europa parece que nuestros mandatarios están más preocupados por no incomodar a nadie (algo que solo puede predicarse de las croquetas) que en mostrar nuestra apuesta, con orgullo y templanza. A veces pienso que quien no incomoda a nadie termina por no importarle a nadie.
Debido a nuestra tibieza, a nuestra corrección y, por qué no reconocerlo, por la crisis institucional que atraviesan todos los países de la Unión, nos han llamado irrelevantes, segundones, continente en decadencia, escenario del mundo. Se han criticado nuestras normas, visión y proyecto común hasta llevarnos, incluso internamente, a asumir nuestra propia irrelevancia. Son los mismos que hablan del cambio de era de Occidente a Asia y desean que otro ponga orden en nuestra casa.
Así que, de vuelta al darwinismo de la ley del más fuerte, es necesario preguntarse ¿qué aporta Europa? Como ciudadana europea, lo tengo claro: dignidad, estabilidad y prosperidad.
Los datos nos avalan: menos de un homicidio por cada 100.000 habitantes en la UE frente a casi seis en EEUU (UNODC, 2023), y mucha menos pobreza infantil y encarcelamiento que EEUU, Rusia o China. Somos el ejemplo en igualdad, energía verde, sanidad universal y Estado de Derecho.
Deberíamos ser, en muchas cosas, el espejo del mundo y no al revés: somos mejores de lo que nos quieren hacer creer, y debemos enarbolar nuestros valores como ejemplo a seguir, no como un modelo en decadencia.
Aunque hemos hecho mucho, tampoco es bueno seguir engañándonos, tenemos que mejorar en muy poco tiempo.
Hemos vivido felices a espaldas de nuestra soberanía (si es que existe tal cosa) dando por hecho que las reglas del juego se establecían en las leyes y no con las armas. Qué manera de despertar el 24 de febrero de 2022.
Durante años hemos pensado que nuestra seguridad corría a manos de otro, otrora guardián de Occidente, reconvertido a Mefistófeles europeo. Es verdad que las armas son muy caras y era mejor que las pagara otro. Eso que nos hemos ahorrado, hasta ahora, claro. Parece una época muy lejana cuando el debate era si debía o no desaparecer el Ministerio de Defensa.
Durante años, no dudamos en señalar con el dedo acusador a las fábricas porque contaminan mucho y permitimos que nos trajeran a raudales sin control de Asia todos nuestros productos.
El precio a la larga ha sido dejar casi vacía nuestra industria y abandonados a nuestros operarios a un reciclaje profesional que, en muchos casos, jamás llegó. Basta mirar Valonia: su siderurgia se apagó en los 80 sin relevo y aún arrastra un paro muy superior al de la vecina Flandes.
No vimos que sin industria y sin nuestra propia defensa no hay soberanía: hay dependencia y servilismo.
Hicimos antes las normas que la infraestructura, como si el papel bastara para reconfigurar las ciudades y, en nuestro caso patrio, la España vaciada; la electrificación sigue siendo más deseo que realidad.
En Europa también hemos dejado que nuestras comunicaciones y datos sean de terceros, que escuchen nuestros secretos y que sean empresas de fuera de nuestras fronteras las que custodien nuestras nubes, nuestros algoritmos y, en definitiva, nuestra vida digital. Regulamos lo que no fabricamos y consumimos lo que no controlamos.
En fin, nos hemos dejado ser dependientes, como un hijo que no termina de irse de casa porque no hay ningún trabajo a la altura de sus expectativas, demasiado mimado en muchas cosas. Hoy, nos han echado de casa para enfrentarnos a la calle y, aunque sea verano, hace mucho frío.
La guerra de Ucrania ha sonado peor que un portazo con signo de interrogación. Nos hemos tenido que enfrentar a nuestras carencias, al fin de la era de la dependencia de terceros. Un despertar abrupto que ha tenido, sin embargo, una virtud: obligarnos a mirarnos al espejo sin maquillaje. Y el reflejo, con todas sus arrugas de esta vieja Europa, no es el de un continente acabado, sino el de uno que llega tarde a su propia cita.
Nos han echado de casa, sí. Pero quizá era lo que necesitábamos para aprender, por fin, a vivir en la nuestra.
Artículo publicado en Artículo14









